lunes, 19 de diciembre de 2011

Ya no quiero soñarte

Ya no te quiero en mis sueños,
aunque no quiero dejar de soñar
con aquella vez que en tus ojos
tanta bondad pude encontrar.
En ese abrazo eterno y perfecto
el mundo no nos podía molestar.
''No me importa lo que digan los demás'',
me dijiste y yo no supe reaccionar.
Jamás hubiera pensado que alguien
me amara con tanta sinceridad.
Parece que, a fin de cuentas,
no me vine a equivocar,
pues no soy yo a quien amas
y nada puedo hoy intentar.

Ya no te quiero en mis sueños,
pero no quiero dejar de soñar
con la esperanza de algún día
tu latir con el mío coordinar.
Espero a nadie enojar, pues no es mi intención.
Nada de lo que siento fue escogido por opción.
Mi cabeza no razona;
no tengo a quien culpar.
Desearía en tus caricias dejar de pensar;
tus soplidos no tengo por qué extrañar;
tus manos no tengo derecho a reclamar;
tus besos yo no pedí imaginar.
Quisiera no tener tanta inspiración
y no recordarte con cada canción.

Ya no te quiero en mis sueños,
mas no quiero dejar de soñar
con ese anhelo de algún día encontrar
una chica que no tema mi corazón aceptar.
De a ratos llueve en mi alma
y por momentos quiero llorar.
No te preocupes, dulce mía,
no tengo bronca ni rencor.
Tu felicidad fue mi deseo de cumple
y si las cosas pasan, por algo todo pasó.
Aunque no sea yo tu chico
no me dejo de alegrar.
Tu sonrisa sigue sabiendo agrandar
todo el amor que te tengo, no lo dudes jamás.

Ya no quiero soñarte y sin embargo,
hoy no quiero dejar de soñar.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Aunque Duela

Hace exactamente un año escribí que en lo que se supone sea un día como cualquier otro, todo puede pasar. Es super curioso que haya sido hace exactamente un año, y es curioso lo que hoy me toca vivir, sin dudas. El otro día, charlando con una familia amiga, que me ve triste, les explicaba que aunque la vida se la pasa cagándome a piñas, yo me la banco como puedo, pero que en algún momento una gota puede colmar el vaso. Resultó ser más literal de lo que yo creía.

Me levanté como cualquier otro día, agarré el almuerzo y fui a tomarme el colectivo para ir a trabajar. Como de costumbre, llegué unos quince minutos temprano y, como de costumbre, esperaba en la puerta del local a que llegara alguna de mis encargadas para abrir. A media cuadra hay un ''boliche'' ultra cabeza que cierra tarde, y siempre se ven dando vueltas a los que salen de ''bailar''. Algún que otro día se acerca uno con un perfume particular pidiendo plata para comprar más alcohol o pidiendo un pucho, pero la realidad de que no fumo ni tengo un peso para darles, hablando con respeto, los aleja sin mayor problema. Para terminar de ilustrarles la situación, les cuento que tengo la costumbre de mirar a los ojos a todas las personas que me cruzo, tratando de reconocerlos como semejantes. Resulta ser que a algunas personas no les gusta dejarse reconocer.

Esta mañana pasaron por la puerta dos muchachos trigueños de alrededor de 28 años y empezaron a preguntar qué estaba mirando yo. Por supuesto les contesté que nada, que solo estaba esperando para entrar a trabajar, y estaba todo bien. Sin embargo, parece que estos muchachos (alcoholizados o drogados, no termino de saberlo bien) buscaban pelea. Yo traté de calmarlos de buena forma, pero insistían, y uno se acercó para pegarme. En cuanto lo frené, el otro me pegó en el cachete izquierdo. Lo abracé y empujé, mientras el primero se acercó nuevamente y pude frenarle un puñetazo. Salí de la puerta del local y empecé a caminar pensando que quizás, al no reaccionar ante su agresión, se aburrirían y se irían. Para mi sorpresa, un puñetazo en la nuca me probó lo contrario. Mantuve la calma (quizás con alguna puteada de por medio) y seguí sin responder físicamente. Crucé la calle y me siguieron, agarré a uno de los brazos y el otro se acercó corriendo a pegarme, pero me moví un paso y se tropezó con mi pie para caer al suelo. Aún forcejeando, el otro se levantó y la cosa se volvió algo confusa. Tratando de soltarme y alejarlos, recibí un codazo (creo) en el pómulo derecho, y luego un puñetazo en la nariz. Después de eso, un hombre de seguridad del café que se encuentra enfrente de mi trabajo los frenó y se fueron corriendo.

Para ser honesto, cuando comenzó todo pensé en calmarlos a los golpes yo mismo. No me habría costado demasiado, a pesar de ser dos. Sin embargo, no parecía tener sentido, ya que me traería más problemas. Además, no lo sentí correcto. Observé, como tantas otras veces, una pelea entre mi cabeza y mi corazón. El primero, hasta cierto punto me decía lo que cualquiera haría. El segundo, como suele hacer, me mostró el buen camino y la caridad.

La policía logró agarrar a uno, y me llevaron a la comisaría para declarar. Decidí no presentar denuncia porque los trámites significarían un dolor de cabeza para mí, sin influir demasiado en ellos, salvo quizás para alimentar un rencor que podría resultar en que vuelvan a buscarme algún día. Una constancia de lo ocurrido es todo lo que necesitaba para calmar mi conciencia. Lo más probable es que, así como jamás los había visto, jamás los vuelva a ver. La mañana continuó con una suma de trámites largos y, siendo que todo esto pasó aproximadamente a las 6.50 am, terminé llegando a mi casa apenas a eso de las 13.15.

Lo primero que uno piensa es: ''¡Qué mala leche!''. Lo cierto es que no me sorprende demasiado. Suelo tener, en promedio, un accidente memorable por año, y muy mala suerte en general. La buena es que siempre la saco barata, y hoy no fue diferente. Podría seguir pensando: ''Y la vida sigue cagándome a piñas, nomás''. Sin embargo, me encanta poder sacarle lo bueno a cada cosa que pasa en mi vida, y este caso no es la excepción. Por un lado, vengo con cansancio acumulado, y estos días sin trabajar, hasta que me den el alta, me van a servir de un relativo descanso. Por otra parte, y es algo más que importante para mí, es que si en una situación de este estilo supe controlar mis impulsos y no respondí al ataque, es porque la violencia no sabe dominarme.

Pueden llamarme loco, idiota o soñador. Hoy puedo decir, a pesar de los golpes y la hinchazón, que hacer las cosas bien, aunque duela, me hace sentir mejor.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Aprender a Vivir

Todo comienza en una especie de pileta algo bizarra. Cuando mi mamá se quiere dar cuenta, ya la veo con mis propios ojos en un cuarto de hospital. Por un cierto tiempo (decir corto o largo es muy relativo) me llevan para todos lados, estando yo lo más pancho, hasta que cazo algunos truquitos. En un rústico intento de andar como todo el mundo, arranco con las rodillas y las manos, de acá para allá. Más tarde me animo y me largo a caminar, para después correr donde quiera. Un buen día me doy cuenta que hay personas fuera de mi familia que también pueden quererme. De un día para el otro estoy en la escuela y un montón de cosas más. Termino la escuela y empiezo con la facu. En el medio hubo amistades, campamentos, viajes, charlas, retiros, salidas, jodas, llantos, risas, amores y etcétera. La idea es recibirme y conseguir un buen trabajo; cerrar, comenzar y continuar proyectos; formar una familia, algún día, quizás. Pasado algún tiempo más (decir corto o largo es muy relativo) voy a dejar este mundo y listo. Parece fácil, ¿no?

(Primero que nada quiero hacer la aclaración de que el escribir, entre otras cosas, me resulta como una suerte de diario, de modo que si retomo un tema ya tratado, lo siento, pero así me siento (así es, también con la cola en la silla).)

Toda mi vida traté de hacer las cosas bien. Muy probablemente haya estado siempre condicionado por la forma en la que me educó mi vieja, o los valores que me fueron enseñando mis hermanos y amigos por medio del Escultismo, en la Iglesia, o por el simple hecho de ser grandes personas. Hay una linda cantidad de ellos, y a muchos les habrá pasado lo mismo que a mi, supongo. A pesar de eso, no puedo evitar darme cuenta de que muchas personas que me parece deberían compartir algunos ideales, hacen las cosas muy diferentes a como las hago yo.

¿Qué está bien y qué está mal? Es una línea fina (aunque no tanto como algunos la dibujan), pero intento tomar decisiones y actuar acorde a lo que, creo yo, trae más felicidad a las personas que me rodean. Después de todo, ver a los que quiero felices me hace muy bien a mí. Y sin embargo, siempre hay algo que me jode. Me duele en el alma ver a un ser querido con dolor, pero por supuesto también me duele en el alma estar yo con dolor. Y me pregunto, lógicamente, como cualquiera haría: ''¡¿Qué onda?! Es decir, si le meto pata para adelante y pongo lo mejor de mí para aprender de mis errores, ¿por qué changos siempre meto la pata?'' O quizás no, ¿quién sabe? Hoy por hoy nos abomban de todos lados diciéndonos que hacer las cosas bien está mal, y que lo que nos conviene es lo fácil.

Me niego rotundamente. Estoy convencido de que hacer las cosas bien brinda más felicidad, a la larga. El camino más rápido no siempre es el mejor, nos cuenta Caperucita. Ahora bien, de a ratos me dan ganas de decir: ''Che boludo, pero...yo quiero ser feliz ahora, no a la larga. O sea, todo bien, pero yo me siento como el culo ahora, y no está bueno la verdad.'' Y aparecen los condicionales. ''Si hubiese hecho esto; si no hubiese dicho aquello; si me la jugara un poquito más; si tan solo me escucharan; si no me costara tanto; si me animara; si no fuera siempre tan sincero;si... ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!! ''Frená un poco chabon. Te hace mal pensar tanto''. Cuántas veces habré escuchado eso. Perdón por el grito, por cierto, pero a veces hace falta.

En fin, estás pensando lo mismo que yo. Todas estas payasadas que estoy garabateando no tienen sentido alguno. Parece que me contradigo, incluso. O quizás no, y todo cobre sentido con el tiempo. Será cuestión de tiempo entonces. Tiempo para que las aguas se calmen; tiempo para madurar; tiempo para ver las cosas más claras; tiempo es lo que necesité para pasar de gatear a caminar, después de todo; tiempo es lo que me suele faltar; tiempo que a veces se puede inventar; tiempo para revisar mi corazón y evaluar mis acciones y pensamientos; tiempo, al cual etiquetar de corto o largo es muy relativo; tiempo de tomar decisiones; tiempo de jugármela, quizás no jugándomela; tiempo de ocupar la cabeza en otras cosas; tiempo de dejar de llenar mi cabeza para darle más importancia a cosas que realmente importan; tiempo de aprender, al fin y al cabo. ¡Eso es! Esa es la idea. Necesito darme tiempo de aprender a vivir...

viernes, 2 de diciembre de 2011

Dulce Pétalo de Flor

Con o sin miedos, ya no puedo evitar
liberar todo esto que necesito gritar.
Después de tanto tiempo, al fin debo confesar
que cautivaste mi persona, no por obra del azar,
sino con una, dos, tres veces tu hermosísimo mirar.
Y es que si hay mil razones para todo esto negar,
una sola es suficiente para ya no hacerlo más.

Uno aprende a querer la lluvia porque luego sale el sol;
es el agua que alimenta los pétalos de la flor.
De la misma manera, sé que llovió en tu corazón,
y sé que fue culpa mía, me arrepiento con dolor,
no lo dudes, dulce mía, más escuchá mi voz
cuando te digo que, por amargo que fuera aquel llanto,
hoy te encuentro más bella pues floreció mi amor.

Me muero por mandarte un mensaje o llamar;
me muero por sonreírte y correrte a abrazar.
Ya no tiene sentido todo aquel horrible pesar,
porque todo lo que siento me lo hace olvidar.
Nada más importa, quiero el cielo contemplar
con vos junto a mi lado y escucharte hablar,
aunque tan solo me digas que tenemos que esperar.

Eras una pequeña que me admiraba sin razón.
Te convertiste en una amiga que de la lluvia me cuidó.
Ya no sos ni una no otra. Mejor dicho, sos más que las dos.
Generaste una tormenta dentro de mi corazón
y hoy sos la luz de mi vida, de mis días, el color.
No sabía cómo quererte, a lo mejor por el temor,
pero ya no tengo dudas, mi dulce pétalo de flor.

martes, 22 de noviembre de 2011

¡Chau MIEDO!

De chiquito me encantaba decir que no le tenía miedo a nada. Me hacía sentir grande, o fuerte. Siendo todavía un nene, un poco más crecido, empecé a descubrir que ciertas cosas me generaban bastante inseguridad, como por ejemplo un silencio absoluto estando solo en la oscuridad. Con el tiempo aprendí a apreciar el silencio, y dejé de darle el gusto a la oscuridad, pero fueron surgiendo otras inseguridades.

Es cierto, digo inseguridades porque no me gusta demasiado la palabra ''miedo''. Será que las primeras son más fáciles de enfrentar, creo yo. Es decir, la confianza en uno mismo es difícil de lograr, pero es más que posible. Muchas veces esas incógnitas que aparecen están relacionadas con tal o cual proyecto. Dinámica como es la vida, estos proyectos van cumpliéndose, o transformándose de a poco, a medida que recorremos más camino. Un miedo, en cambio, suele ser algo que te frena, una especie de barrera de mucha inseguridad, se podría decir. Ahora bien, ¿qué tiene de malo el miedo en sí? Después de todo, nos ayuda a ser precavidos, a pensar dos veces antes de hacer algo. O más o menos.

Hace algunos años me pesaba el hecho de no estar ni haber estado de novio. Sentía que no era tan mal pibe, y que tenía mucho para dar a la persona que se animara a intentar descubrirlo, pero nadie se animaba. Poco a poco, de una mala pasada a otra, fui aprendiendo que no tenía que pesarme, porque ''será cuando tenga que ser''. Además, alguna vez una amiga me dijo que no tenía nada de malo mi situación, y que me imaginara ponerme de novio tan sólo una vez y para toda la vida. ¡Qué lindo! Desde entonces anduve relativamente tranquilo. Sin embargo, últimamente me hago un nuevo planteo: ¿qué pasa si hoy por hoy ansío tanto esa idea y es por eso que no presto atención a quien quizás esté queriendo animarse a conocer lo que tengo para dar? Si es que tengo algo para dar, por supuesto. Quizás me pareció tan linda esa idea que ahora me aferro a ella con tantas fuerzas que tengo miedo de comenzar una relación que no me lleve a ella. Tenés razón, es más que un juego de palabras. No me refiero a ''ella'' la idea, sino a ELLA.

Así es, tengo miedo. Perdón, porque va con mayúsculas: tengo MIEDO. Ya pasa de ser una inseguridad como podría ser la de no conseguir trabajo el día de mañana, una vez recibido; la de no llegar a recibirme, en primer lugar; o la de perder alguna amistad por puro cuelgue. De tanto querer comprometerme seriamente, parece que le tengo miedo al compromiso. Pero la tengo clara, ¿eh? Me encanta conversar y escuchar a los que necesitan un oído al que hablar acerca de sus relaciones, e incluso me gusta aconsejar. ¡Yo! ¡Dando consejos! Eso sí que es gracioso. Y es que es interesante la forma en que uno puede tener otra mirada acerca de una situación cuando no está involucrado. Ahí es que somos capaces de abstraernos y dar nuestra opinión para tratar de acercarnos al bien mayor que está en juego entre 2 o, generalmente, más personas. ¿O no es así?

En menos de 24 horas dos personas diferentes me dijeron que se me notaba el cansancio. No es común que se note, o que me lo digan, al menos. Y eso me hace saltar la ficha para darme cuenta de que si dos personas que no tienen la más pálida idea de todas las cosas que se me pasan por la cabeza ahora mismo, se dan cuenta de algo que creo no suele ser tan evidente, entonces personas que están más involucradas con tal o cual situación se deben estar dando cuenta de otras cosas que quizás yo intento guardar para mí, de momento. Es decir, es muy probable que no me salga. Y sí, soy un ganso. A tal punto de que el otro día caminando por la calle estiré los brazos, cerré los ojos, e imaginé andar volando entre nubes de algodón, otra vez. No me da miedo imaginarme volando, pero me paraliza la idea de pegar un salto al compromiso de una forma que aquellas personas a las que no quiero preocupar, seguramente se estén preocupando. Pero la tengo clara, ¿eh?

Nuevo planteo: este salto puede significar la ruptura de un sueño, o bien su cumplimiento. De cualquier forma, la cuestión no tiene mayor importancia de momento. Tengo tiempo hasta que se aparezca la oportunidad. ¿O no? ¿Qué pasa si mi oportunidad (ELLA) está delante de mis ojos y no me doy cuenta? ¿Qué hacemos entonces? A lo mejor tengo que dejar de cerrar los ojos, poner en práctica una mirada más profunda, y así poder pasar de imaginarme volando, a emprenderme en un vuelo real y pleno. Les pido ayuda. Digamos todos juntos: ''¡chau MIEDO!''

lunes, 14 de noviembre de 2011

Dulce Despertar

Tuve un dulce sueño. Soñé con un mundo fantástico. En él no había días húmedos, ni de calor ni de frío excesivos. Tampoco había gente maleducada. No había corrupción ni maldad en las personas. El dolor y el llanto ya no existían. Pasaba un rato con amigos todos los días, y nunca pasaba mucho tiempo sin ver a alguno en particular. Yo siempre tenía razón. Estudiar me resultaba fácil, y podía aprender a cantar y a tocar cualquier instrumento sin esfuerzo. No vivía con constante dolor de cabeza, y podía tener a todas las chicas que quisiera. Además, todas las personas me querían. Era un dulce sueño, pero no era más que eso.

Al despertar, la realidad me sacudió. Me encontré con un mundo en el que un día de calor, o uno de frío excesivo, nos ayuda a apreciar un poco más el invierno o el verano, respectivamente. Cada mañana es hermosa, haya o no nubes, y sobre todo en la Feliz. Un mundo en el que aprendemos los unos de los otros al ver en el de al lado el reflejo de cosas que nos gustan y también algunas que no nos gustan tanto. Este mundo nos enseña a los golpes lo lindo que es poder quedarse con lo bueno de las personas, y aún quererlas con todo lo malo que tengan. El dolor nos hace crecer, y el llanto nos quita pesos grandes de encima. Es un mundo en el que al no ver a seres queridos por un tiempo, empezamos a extrañarlos, para que el reencuentro sea más emotivo. Él nos demuestra que no siempre tenemos razón, algo maravilloso que significa que siempre podemos mejorar un poco más. Algo importantísimo es que nos señala que lo obtenido con esfuerzo y trabajo duro, con pasión y compromiso, siempre tiene un mejor sabor. Es un mundo en el que mi cuerpo y mi cabeza me avisan cuando me paso de vueltas, para descansar y después arrancar con más pilas. Además, descubrí que no quiero tener a todas las chicas, sino que quiero ser de una sola. Sobre todo, es un mundo que nos indica que para ser felices no hace falta que todos nos quieran, sino que alcanza con unos cuantos que nos amen con sinceridad.

Es curioso, porque de un mundo fantástico pasé a uno más aún maravilloso. De un dulce sueño, pasé a un más aún dulce despertar. O quizás tan solo yo sea el soñador.

lunes, 7 de noviembre de 2011

¡Sorpresa!

El otro día, perdido en mi mundo mientras se suponía que tenía que estar estudiando (suelo tener problemas de concentración de a ratos), pensaba en esas pequeñas cosas que desembocan en un cambio radical de alguna idea que quizás teníamos ''formada''. Por ejemplo: después de tanto y tanto escuchar que vivimos en un país de mierda, en el que la gente siempre se tira a chanta, busca sólo el bien propio y es desagradecida hasta con su madre, uno a veces empieza a creer partes de esa horrible mentira. Esto es, generalmente, cuando tenemos una mala pasada. Sin embargo, y de la nada, la persona que jamás habríamos imaginado que tenía esa influencia sobre nosotros, puede cambiar nuestro día. A veces es sólo una sonrisa, o una palabra de consuelo o aliento. Otras veces te dejan tonto al darte un regalo. Quizás puede ser tan sólo que caigas en cuenta que tu vieja es una grande por hacerte la comida todos los días, y se lo agradezcas. ¡Y listo! Rompiste el esquema; le demostraste a todo el mundo que está equivocado; demostraste que si alguien se juega por vos, no es en vano.

Y vos pensás: ''¿De donde sale este flaco con estas ideas?''. A veces, ni yo lo sé. Pero simplemente me asombra la capacidad de asombro que tiene el ser humano. Es decir, hoy iba sentado en el colectivo y un hombre al lado mío estornudó. Le dije ''Salud'', como solemos decir cuando alguien estornuda, y me miró con una extrañeza que no veía desde hace rato. Aunque, y es muy importante decirlo, esa mirada extraña no dejaba de ser cálida. ¡Claro! El tipo va tranquilo en el colectivo y al lado tiene un pendejo escuchando música con sus auriculares. Jamás esperaría que ese mismo pendejo tuviera un pequeñísimo gesto con él. Y he aquí que este hombre cambio mi día (no que viniese mal, pero fue esa vueltita de tuerca), porque yo no esperaba que él, que no esperaba que yo tuviera esa influencia sobre él, tuviera esa influencia sobre mí. Así que como seres humanos nos relacionamos muy íntimamente el uno con el otro, sin siquiera conocernos realmente. ¡Qué loco! ¡Qué lindo! ¡Qué asombroso!

Es curioso cómo a veces nos olvidamos de cuidar nuestros lazos. Pensamos que no hace falta decirle algo lindo a alguien especial, porque lo que sentimos es sabido por esa persona. O por ahí hace mucho que no vemos a alguien y lo/la extrañamos, pero no lo admitimos fuera de nuestros pensamientos. Tantas veces tenemos la idea de que si alguien pudiera escuchar todo lo que pensamos se horrorizaría, pero yo creo que, al contrario, podría morir de dulzura. De a ratos, parece, nos cuesta darnos cuenta de cuánto valemos. Metemos la pata por naturaleza, pero también por naturaleza somos buenos. A lo mejor, las personas que no parecen serlo, son así como resultado de no haber tenido quien se los recordase.

Así es que éste es mi (no pedido pero dado con gusto) consejo. No vivas cada día como si fuera el último, sino por el contrario, vivilo con la certeza de que hay más, y lo que hagas hoy por alguien, o por vos, puede tener muy buenos resultados el día de mañana. Nunca pierdas esa capacidad de asombro que puede convertir un día no muy lindo en uno memorable. Nunca ratonees una sonrisa, o una mirada dulce, porque suelen decir más que las palabras. No dejes, sin embargo, de decirle a tus seres queridos cuánto significan para vos. Nunca, pero nunca, olvides que sos muy importante. Porque, ¡sorpresa! Alguien te quiere.