lunes, 28 de abril de 2014

Lo inesperado

   Tenía intenciones de usar esta tarde para dormir una siesta sin alarma, pero hace unos diez segundos pensé: “A la mierda, vamos a delirar”. A decir verdad, más allá de que haya dicho lo mismo varias veces, en esta ocasión realmente hace mucho que no escribo. ¿Falta de ideas o inspiración? ¿Falta de anécdotas disparadoras? ¿Falta de ganas o cansancio? ¿Falta de tiempo? El tiempo podría haberlo inventado; las ganas nunca me faltaron; anécdotas, para tirar para arriba; ideas... Ideas he tenido. Es solo que a veces madurar algunas cosas lleva más tiempo del que se piensa.

    Un día, después de bañarme y con la Gillette Mach 3 Turbo (siempre me gustó cómo suena), frente al espejo, me di cuenta de algo de repente. “¡Carajo! No falta mucho para que tenga que afeitarme todos los días...”. Y así llegó mi duda. ¿Ya soy adulto?

    Si pasara por un tema de “sentirse adulto” sería, a mi parecer, demasiado ambiguo. Es decir, en ocasiones me siento adulto y en otras, un niño. Siempre me siento joven. Por otro lado, una perspectiva ajena a la propia suele poner en evidencia una gran cantidad de cosas por mejorar, más allá de cómo se sienta uno. Lo bello de ser perfectibles...

    Definir la adultez no es tan sencillo como definir la mayoría de edad. Si nos limitamos al aspecto biológico en cuanto a capacidad de reproducirse, resuena la pregunta de cuántas personas de 13 años (por dar un número lo suficientemente acertado) pueden considerarse adultas. Si analizamos desde el ámbito legal, resulta evidente que las convenciones legales de cada sociedad son muy maleables como para poder llegar a una definición que resista más de un par de cuestionamientos. Ni hablar si se plantea como la posibilidad de independizarse de padres/tutores/loquesea. Particularmente me atrae el acercamiento que intenta definir a la adultez desde la capacidad de tomar decisiones, actuar conforme a las mismas y responsabilizarse (que buena palabra) de dichos actos.

    Esto lleva a otra pregunta. ¿Qué clase de decisiones y/o actos entran en criterio? Caigo en cuenta de las grandes decisiones que vengo tomando en los últimos diez años (por dar un número lo suficientemente acertado). Grandes para mí, por supuesto. ¿Me definen como adulto o como persona? No lo creo, simplemente porque tengo la certeza de que cada persona encierra un misterio demasiado grande como para poder ser definida. Me gusta hablar de condicionamientos. Pero no quiero irme más por las ramas.

    Tras meses de tener esta duda rondando en la cabeza (suelo distraerme fácil) y recordando muchísimas situaciones y diferentes opciones tomadas, no fue muy complicado darme cuenta que hace algunos años me aferraba mucho a mi promesa de abnegación y, por tanto, mis decisiones se remitían a aceptar alguna tarea e intentar mantener un delicado equilibrio entre muchas esferas en las que me movía, comprometiéndome a dar mi mejor en cada una. Probablemente mantuve esa postura por más tiempo de lo que debía o era sano. No me arrepiento. Cada experiencia me enseñó muchísimo, hasta el punto de interiorizar finalmente que no puedo con todo. Es divertido creerse Superman o pensarse como el protagonista de una historia en la que a pesar de tantas dificultades uno se basta para enfrentarse al mundo. Pero la realidad no es tan sencilla.

    Hoy se me ocurre que puedo considerarme adulto a partir del momento en que comprendí que el mundo no está en contra mío; que necesito de otros; que es bueno aprender a decir “gracias, pero no”; que los nuevos desafíos siempre son emocionantes y tentadores, pero que no tengo por qué embarcarme en todos al mismo tiempo; que no puedo caerle bien a todas las personas a quienes les quiero caer bien; que muchas relaciones necesitan un tiempo para seguir creciendo, a lo mejor con algo de distancia; que cada cosa lleva su tiempo; que no puedo determinar los tiempos que me gustarían para cada cosa. Fundamentalmente, que no puedo controlar realmente mi vida, sino simplemente vivirla, como pueda, con lo que venga, con manzanas, limones, peras, duraznos y frutas que no conozco. Hoy me doy cuenta que cada cosa que no salió como yo esperaba o quería, aunque haya dolido o siga doliendo, me enseñó (y me sigue enseñando conforme crezco) tanto o más que mis propios proyectos. Cualquiera pensaría que debería saber todo esto desde hace mucho y que muchas personas más jóvenes lo saben. Es cierto. Yo sé todo esto desde hace mucho, pero hay una diferencia entre saber algo y experimentarlo.

    Resumiendo, con el riesgo de equivocarme, puedo decir que soy un joven adulto con corazón de niño. Hay decisiones sencillas, mientras que hay otras que no puedo tomar a la ligera y necesito madurar antes de elegir una u otra ruta. La meta es una: ser feliz. Yo soy feliz al andar. Intento aprender a vivir con las cosas malas, cambiando las que puedo. También intento aprender a reconocer las cosas buenas. Lo bello de ser perfectibles...

    Los proyectos pueden cambiar. Este es, creo yo, el aspecto más fundamental de la vida adulta: permitir la ruptura de estructuras y adaptarse a lo inesperado.

lunes, 10 de febrero de 2014

Honestidad

   Por alguna extraña razón siempre que se acerca un nuevo año tendemos a evaluar de alguna forma el que termina. Hoy no tengo intenciones de dar un informe detallado de mi 2013 porque suelo irme por las ramas y no creo que a nadie le resulten tan interesantes todas las cosas que me pasan por la cabeza. Sin embargo, quiero rescatar un aspecto en particular: fue un año de aprendizaje sobre mí mismo.

   Y cualquiera podría pensar que, estando a un mes de cumplir 23 años y 8 meses de vida, ya debería conocerme bastante. Resulta que algo maravilloso de la vida es que uno siempre se puede seguir asombrando de sí mismo. Cada vez que me río a carcajadas sin que haya nadie cerca, me gusta pensar en qué tan seguido otras personas se reirán de la misma forma. Es algo sumamente personal y fascinante. Al menos, lo es para mí.

   De cualquier forma, hoy me siento a escribir a partir de una situación algo rara. Lo cierto es que de vez en cuando me ataca cierta intriga acerca del comportamiento o ideas de los demás. La mayoría de las veces sólo dura un momento. Cada tanto, me animo a hacerle algunas preguntas a algunos amigos o amigas. Anoche se me cruzó una idea que me resultó muy atractiva y, por tanto, me pintó el raye de empezar a hacerle la misma pregunta a diferentes personas:

“¿Qué es lo que más te gusta de vos?”

   La pregunta apareció en una de esas conversaciones que suelo inventar en mi cabeza, imaginando posibles situaciones con personas importantes para mí. Sin llegar a oír una respuesta por parte de mi mejor amiga (aún en ese estado de abstracción), me di cuenta que era probable que me replicara la pregunta. ¿Qué respondería entonces? Tuve que tomarme cuanto menos cinco minutos para estar seguro de lo que debía decir.

   Así me di cuenta que no es algo que uno se plantee todos los días y que, más allá de la respuesta, el proceso de hallarla es algo importante para el conocimiento personal. Implica examinar cada aspecto de uno, con sus pro y sus contra, llegando incluso a llevar a pensar en el opuesto. Implica, quizás, redescubrir algo del pasado que quiero recuperar. Implica, una vez alcanzada la meta, darse cuenta que por esa única cosa, que a lo mejor me hace diferente, puedo mirar al espejo y sonreír, amarme, mostrarme como soy, crecer en eso y gracias a eso.

   No pude evitar preguntarle a una, a otra, a uno, a otra, a otro, etc. Me atraía de sobremanera conocer las posibles respuestas que podía recibir pero, sobre todo, me interesó que cada una de las personas a las que les planteaba esta inquietud se hicieran la pregunta y realizaran el proceso. Algunos tendieron a simplificarlo al plano físico, dando una respuesta bastante rápida. Luego, se tuvieron que tomar unos momentos para descubrir lo que más les gusta de su persona en cuanto a actitudes, virtudes, etc. Se ve que algunos ya lo habían pensado en algún momento porque no les llevó más de dos minutos. A un par les tomó un rato más. Otros aún no me respondieron.


“Ehh, me gusta mi demostratividad de cariño. Jaja. Creo ser un poco tierna”.

“Mi dependencia de Dios”.

“Lo que más me gusta es mi compromiso y la responsabilidad con que me tomo las cosas. Que si digo que sí, es porque realmente lo puedo hacer (ya que tengo el tiempo y las ganas) y no lo voy a hacer a medias”.

“No sé bien cómo describirlo. Tiene que ver con la forma de relacionarme en algunos lugares... Eso que tengo que hace que a algunos les caiga re bien y a otros re mal, jaja”.

“Emm... Preocuparme por las personas y ponerme en el lugar de ellas”.

“La buena relación que tengo con mi familia”.

“Me gusta de mí la capacidad que tengo de ver y enfrentar mi vida, como tambien lo que significa superarme”.

“Mi capacidad de entender las cosas y entenderlas bien, a traves de mi inteligencia”.

“Mi luz”.

“Mi simpatía hacia los otros”.

“En este momento de mi vida, mi fe. No sé sí es grande o pequeña, pero sin ella mi vida mucho sentido no tendría”.

“Lo que más me gusta de mí es mi fortaleza y la capacidad de pensar antes de actuar por impulso. Tuve que enfrentarme a muchas situaciones complicadas, he caído, vuelto a levantarme o simplemente mantenerme fuerte de cosas que nunca me hubiese imaginado. Así que creo que eso es lo que más me gusta de mí, o una de las cosas que más valoro”.


   A medida que leía, me divirtió mi elección de palabras para plantear la cuestión. El “gustar” puede relacionarse fácilmente con el gusto, el sabor. Cada respuesta tiene un sabor propio, una impronta propia, una identidad propia, porque su autor es único. Quizás por eso no obtuve dos respuestas iguales.

   Invito a todos a hacerse la misma pregunta. Más allá de lo que cada uno pueda decir, que es ya valioso en sí, me parece que es importante no perder de vista una cosa. Uno de mis amigos, mientras pensaba qué contestar, lo puso de una manera muy simple: “Me preocupa que nunca me había puesto a pensar en esto”. Creo que es una muy buena idea, de tanto en tanto, pensarlo por un momento, de la misma forma que, de tanto en tanto, me gusta frenar un minuto y ponerme la mano en el pecho para sentir cómo late mi corazón.

   Especialmente hoy me atrae la idea de hacer ambas cosas... y ofrecerlas.

lunes, 20 de enero de 2014

Re-encuentro

Nunca deja de asombrarme la alegría inmensa que se manifiesta en todo el ser de los más pequeños cuando ven llegar a su mamá o a su papá. En un momento están jugando, charlando, cantando, saltando, haciendo puchero, o quién sabe qué y, al siguiente, una sonrisa incontenible les dibuja el rostro. Es como si el resto del mundo desapareciera por un instante para sumergirse en otro de plena felicidad y seguridad. No siempre pasa, por supuesto, pero cada vez que tengo la dicha de presenciarlo, yo mismo llego a vislumbrar un poco de esa magia que habita en el aire por unos segundos.

Pienso que, de alguna forma, al crecer sufrimos un proceso de transformación interna que nos anestecia esa capacidad de trasladarnos a aquel mundo. Paradójicamente, lo anhelamos todo el tiempo. Ahora bien, adormecida o no (algunas personas tienen un corazón que les permite vivir ese viaje más a menudo y más intensamente), estoy convencido de que en cada uno permanece una puerta, por más pequeña que sea. Lo complejo de la situación es atreverse a despegar la vista de la ventana (que no siempre nos deja ver el otro lado tal cual es) para atravesar la puerta y maravillarnos con la realidad.

Como sea, es evidente que esta capacidad es algo que se puede compartir no solo entre padres e hijos, sino también entre hermanos, amigos, y algo más. Algunas veces queremos quedarnos permanentemente y creemos que podemos, pero parte de la magia consiste en que dure sólo unos instantes en el tiempo, aunque pueda mantenerse en el recuerdo. Otras veces sentimos que ese mundo se rompe en mil pedazos. Más allá de que a veces se nos empañe la vista o duela el recuerdo, el mundo no se rompe ni desaparece y, al madurar algunas cosas, siempre se puede hallar refugio allí.

Desde mi lugar, me parece que por mucho tiempo estuve esperando vivir uno de esos momentos con una persona (esa 'algo más') desconocida y, de cierta forma, conocida al mismo tiempo. Hoy no estoy tan seguro si realmente lo deseo. Se me viene la siguiente escena a la mente:


Un chico y una chica sentados en la costa, una noche de primavera/verano. La fase lunar la dejo a criterio de cada uno. Él está sentado de frente al mar. Ella está sentada a su derecha, algo perfilada hacia él. Confían mucho el uno en el otro.

Él explica que siempre había pensado que podía encontrar a la chica indicada, esa con la que de algún modo podía tener la certeza de querer compartir el resto de su vida, casi casualmente, sólo que causalmente, y que en un cruce de miradas se iban a reconocer y lo iban a saber, incluso si después les llevaba mucho tiempo terminar de comprenderlo, pero que luego terminó por darse cuenta que la vida es más compleja e interesante que las películas, que por buscar ese momento de amor a primera vista quizás estaba con los ojos cerrados y no se daba cuenta que no existe un otro hecho para, sino que se elige, que se construye una relación y una vida juntos y que, entre todos los detalles fundamentales que poseía ese esquema de persona en su mente, detalles importantes pero no todos absolutamente imprescindibles, lo esencial era, al menos en este momento de su vida, poder divertirse, pero no de esa diversión efímera, pasajera, sino esa diversión sana, repleta de risas y sobre todo acompañada de una sensación de comodidad, que en un silencio no haga falta pensar qué decir para hacer perfecto al momento sino simplemente estar y que el inhalar y exhalar, el latir y algún que otro pestañeo sean los interlocutores.

- Qué se yo – remata él – quizás es raro pero creo que, buscándola siempre como novedad, entrando en mi mundo, a lo mejor está en él desde hace tiempo y no me di cuenta. La verdad no sé...

Mientras habla, la dirección de su mirada se alterna entre el mar, el suelo y sus manos. Ella escucha atentamente mirándolo casi todo el tiempo a la cara, con ojos concentrados, cejas un poco levantadas y la boca cerrada, aunque con los labios apenas separados, tocándose la punta de la lengua con los dientes. Entonces él la mira girando un poco la cara y luego vuelve la vista al piso. Ella mira también al piso y levantan las miradas para encontrarse. Sonríen. Él le da un beso en la mejilla izquierda en el instante en que ella lleva su mirada al mar y él vuelve a mirar sus manos, que están a la altura de sus rodillas. Ella apoya la cabeza sobre su hombro, él descansa su cabeza sobre la de ella y se quedan así, en silencio.



Me resulta algo contradictorio utilizar como ejemplo una situación tan ideal como lo sería otra que representara el amor a primera vista en sí, pero me parece que permite entender la idea o, mejor dicho, las ideas que se cruzan en mi mente. Muchos anhelamos ese primer encuentro extraordinario, sin darnos cuenta que quizás y solo quizás, un reencuentro con alguien que ya forma parte de nuestra vida puede ser aún más bello. En definitiva, valga la redundancia, ya sea con un familiar, amigo o algo más, creo que a veces sólo es cuestión de animarse a cruzar la puerta.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Cuando la luna ilumina mis pasos

A veces, cuando la luna ilumina mis pasos, te recuerdo.
A través de tu amor, me enseñaste a amarme.

En el proceso de perderte, me perdí.
Cansado de mi mismo, me busco en alguien más.
Hoy me cuesta encontrarme.



Hace un par de meses escribí las líneas anteriores, que me susurró el viento, pensando que más tarde podía sentarme a darles más forma. Debería haberlo hecho, pero no fue así. Hoy vuelvo a tomarlas y me doy cuenta que no estoy seguro de poder desarrollarlas más porque, en este breve tiempo que pasó, pude encontrarme un poco y ya no estoy tan perdido. Creo que la primer gran señal fue descubrirme nuevamente cantando canciones infantiles u otras tonterías en cualquier lado.

Este año viene siendo bastante atípico. Acostumbrado a estar año tras año con muchas actividades y poco tiempo para mí, sigo haciendo bastantes cosas pero, al haberme atrasado en la facultad y estar recursando materias que se me vencieron tras aprobar la cursada, casi no estoy yendo a la facultad, salvo para rendir los exámenes, lo que me da la oportunidad de dedicarme más tiempo. No es algo que esté bien y lo sé, pero tras un quiebre emocional que tuve a fines de febrero me propuse, por lo que restaba del 2013, no exigirme tanto y tomarme algunas cosas con un poco más de calma, para por momentos hacer lo que se me plazca y aprovechar pequeñeces que no llegaba a disfrutar por no darme el tiempo.

Mi plan, en principio, era buenísimo. Se me complicó cuando me di cuenta que, por alguna extraña razón, los exámenes vienen siendo en las fechas más complicadas que podría imaginarme, así que derrapé. El primer cuatrimestre no fue bueno. El segundo vengo llevándolo simplemente bien, con lo necesario, lo que no está tan mal, dadas las circunstancias. Así es que creo que, cuando llegue fin de año, no me voy a sentir satisfecho de mi desempeño. Es particularmente curioso porque, hace algunos años, cuando todo en mi vida estaba desordenado y no tenía mucho de lo que aferrarme para sentirme bien conmigo mismo, mi rendimiento académico era lo único de lo que podía estar orgulloso. Supongo que buscando el equilibrio me pasé de mambo. Sin embargo, me resulta particularmente interesante que, a pesar de que yo no me siento a gusto por el hecho de haberme atrasado con el programa y no obtener los resultados que desearía, charlando con muchas personas descubrí que este cansancio es algo bastante común a mi edad.

Por otro lado, hoy por hoy puedo decir que me siento muy bien, todos los días. Es algo que antes no podía decir por más que breves períodos de tiempo. Desde enero empecé a recuperar el hábito de la lectura (creo que ya lo había dicho alguna vez) y es algo que disfruto muchísimo.También he estado viendo más series y películas que nunca. Acostumbrado a dormir poco desde hace muchos años, no cursar me permite tomarme el lujo de dormir hasta tarde un par de días por semana. La primera mitad del año estuve jugando muchos partidos de fútbol con amigos y sigo haciéndolo, aunque quizás no tantos. Después del viaje en julio a Río, empecé a correr con un grupo de entrenamiento que armó un amigo y es algo que me gusta muchísimo. Vengo destinando más tiempo para fortalecer el lazo con algunos amigos y estoy recuperándolo con algunas personas con las que nos habíamos distanciado. Finalmente, en cuanto a mis tareas pastorales, si bien entiendo que me queda mucho por crecer y aprender, y reconozco que meto la pata más seguido de lo que me gustaría, aún sabiendo que puedo hacer mejor las cosas, siento que las hago lo mejor que puedo, siento que estoy ofreciendo mi vida por completo a otras personas, y esto me hace sumamente feliz.

¿Por qué cuento todo esto? Pues debo confesar que me venía haciendo falta escribir, que es algo que me sostiene mucho y me ayuda a ordenarme desde hace años. Creo que estaba necesitando ponerle nombre a todas estas sensaciones para terminar de entenderlas, para terminar de entenderme. El verso 'Hoy me cuesta encontrarme' surgió a partir de una crisis vocacional. Ahora, a pesar de tener algunas dudas por momentos, creo que voy encaminado hacia lo que me siento llamado a realizar con mi vida. Dicho así suena bastante simple, pero es algo cuyo madurar requiere mucho esfuerzo.

Aunque haya empezado hace un mes, recién hoy me parece que huele a primavera. Con mis virtudes y defectos, con lo bueno y malo que me toca, con seres queridos y otros no tanto, con delirios y locuras, y con mucha ayuda para verlo, tengo la certeza de que la vida es algo bello. Canto solo por la calle. Leo mientras camino. La luna ilumina mis pasos y sonrío. Hoy me siento más vivo.

sábado, 31 de agosto de 2013

Crónicas de un viaje inolvidable (10º y 11º días)

Bitácora personal de la Jornada Mundial de la Juventud - Río de Janeiro 2013

   Teniendo en cuenta que pude participar de una experiencia que muchos no tienen la oportunidad de vivir y sumando mi humilde afición a escribir, decidí plasmar lo más significativo con dos objetivos.
   En primer lugar, más allá de que queda todo guardado en el recuerdo, con el tiempo algunas cosas se pueden desdibujar en la inmensidad de la memoria, por lo que con un texto como este, solo debo tomarme unos minutos para tener la posibilidad de volver en cuerpo y alma a esos maravillosos días, recordando cada detalle.
   En segundo lugar, pensaba en todos mis amigos que miraron las pantallas de la televisión o leyeron el diario para tratar de estar un poco más cerca, a la distancia. Publicando el siguiente diario personal de viaje, puedo compartirlo con cada uno y, así, ellos también pueden participar de mi alegría.
   Son notas muy subjetivas, ya que no tengo la intención de presentar una evaluación del evento ni un tour turístico. Sepan disculpar si me voy por las ramas en algunos momentos; resulta que, para mí, los detalles son importantes y permiten pintar una imagen más cercana y personal de lo ocurrido.
   Sin extenderme más, agradezco que te tomes un tiempo para leer las locuras de alguien que no se encuentra solo en su locura.


Martes 30 y miércoles 31 de julio de 2013

    Viaje de regreso...

    Nos levantamos a las 8.00 para terminar de armar nuestras cosas y limpiar el departamento con tiempo. Yo no tardé tanto porque había dejado casi todo listo. Sin embargo, el ratito que estuvimos con las valijas fue divertido escuchar a Calvito al canto de: ''si nos organizamos metemos todo''.

    Mientras las chicas y Chelo terminaban de acomodar lo suyo (lo que les llevó un poco más de tiempo que a nosotros), preparamos el desayuno. Disfrutamos el último desayuno en Río de Janeiro riendo como siempre, aunque también con algo de nostalgia. Después de eso, dejamos toda la casa en orden, nos despedimos de Ruth y pedimos los taxis para ir a los aeropuertos (Caro y Chelo iban a uno y el resto al otro aeropuerto de la ciudad), aproximadamente a las 12.30.



    Durante el trayecto en taxi, miraba para todos lados respirando profundo. El día estaba bellísimo y la ciudad, llena de vida. Miré por última vez las playas, el Pan de Azúcar y la Catedral Metropolitana, intentando grabar las imágenes en mi mente. Llegamos al aeropuerto (que estaba repleto de peregrinos), despachamos las valijas y recorrimos locales para hacer algo de tiempo. Después esperamos un poco más, en lo que estuve escribiendo, y finalmente llegó la hora de partir. Saludamos al Cristo Redentor a través de una ventana y subimos al avión para despegar alrededor de las 17.00.

    El resto del viaje no fue demasiado interesante, o al menos eso pareció con el cansancio que teníamos. Sin embargo, lo comento para completar el relato. El regreso, como la ida, tuvo un trasbordo en San Pablo. Desde el avión se veía un mar de nubes a lo lejos, islas y ciudades decoradas de verde, y barcos por aquí y por allá en las masas de agua. El aterrizaje fue curioso porque el aeropuerto al que arribamos estaba en medio de San Pablo (es una expresión), por lo que, al descender, uno tenía la impresión de pasar muy cerca de los edificios. Una vez que levantamos las valijas, tuvimos que esperar cerca de una hora para tomar un colectivo que nos llevó al otro aeropuerto de San Pablo, donde esperamos un poco más hasta tomar el último avión del viaje a las 23.30.

    Calvito, que no disfrutó los vuelos tanto como nosotros, se pegó un susto ante el rumor de que el avión quizás haría una parada en Paraguay antes de dirigirse para Bs.As., pero fue sólo un rumor. Cerca de la 1.30 del miércoles nos encontrábamos en tierra firme, en Ezeiza. Ahora era cuestión de esperar unas horas para poder subirnos al Tienda León que nos llevaría de regreso con los nuestros. Yo aún estaba atrasado con el diario de viaje, por lo que le dije a los chicos que durmieran tranquilos mientras escribía y vigilaba nuestras pertenencias. Por supuesto, escribí caminando para no dormirme, pero logré ponerme al día con tiempo de sobra. Cuando mis amigos se despertaron, compramos unas aguas saborizadas y unas galletitas para matar la sed y tener algo en el estómago. Partimos entre las 5.00 y las 6.00 de la mañana. El Tienda León volvió a hacer una parada en Minotauro, donde estiramos las piernas y tomamos aire. Llegamos a Mar del Plata alrededor del mediodía. Ya en la ruta era evidente el cambio climático. La Feliz nos recibió con lluvia y frío.

    Mi hermano menor y mi mamá me estaban esperando. En cuanto llegué a casa, me bañé, desarmé la valija y fui a la casa de uno de mis mejores amigos, ya que era su cumpleaños. A la tarde volví a mi casa para acomodarme un poco y a la noche regresé a la suya para terminar de festejar. Recién cuando me acosté en mi cama y cerré los ojos, di por finalizado el viaje.

    El lunes 29, cuando caminábamos por las playas de Copacabana al atardecer, sacando fotos y respirando ese aire de paz propio de la Jornada que aún permanecía, pensaba qué cierre podía darle a estas crónicas. Entonces enfoqué mis ideas en las expectativas que había tenido del viaje. Con un par de amigos muchas veces hablamos de dejarnos sorprender. Cuando uno genera muchas expectativas corre el riesgo de decepcionarse al no vivir exactamente lo que deseaba (como, efectivamente, le sucedió a más de un conocido). En cambio, la experiencia de algunos viajes únicos enseña que cuando uno se presenta ante lo desconocido con una actitud de niño, siempre dispuesto a maravillarse con las pequeñeces que hacen de la vida algo hermoso, se descubren muchos signos que le dan sentido al gran panorama.

    Esa tarde yo pequé de pensar, en un momento, que la semana no había sido del todo perfecta y que hubiese podido serlo por completo de haber llegado a ver a una persona en particular. En seguida me reté a mi mismo y sonreí al caer en cuenta que todo el viaje fue absolutamente perfecto. ¿Cómo? ¿Acaso no hubo cosas que me molestaron? ¿No me quedé con ganas de participar de algunas actividades? ¿No hubiese sido mejor tener la oportunidad de vivir la Vigilia en Campus Fidei, como estaba planeado en un principio? Quizás sí; a lo mejor, no tanto. En primer lugar, esta clase de viajes no duran solo diez días, sino que resultan eternos y uno puede regresar cerrando los ojos y respirando profundo. Por otro lado, como la vida misma, cada segundo de la JMJ y cada segundo en el que tengo la dicha de respirar, tiene un propósito que va más allá de mi comprensión. Tenía la seguridad de que mucho de lo vivido tardaría un tiempo más en madurar dentro de mi corazón y mi mente, para poder apreciarlo en toda su magnitud.

    No sé si estoy listo, pero volví con el deseo, con el anhelo, con el sueño de hacer discípulos a todos los pueblos, acompañado de una gran familia unida en un mismo Espíritu. Esa gran imagen, esa gran película, esa gran historia que se escribe letra por letra desde el día en que dos células se unieron hasta el día en que cierre los ojos por última vez, cobra su mayor sentido al ofrecerla, al compartirla, al entregarla, siempre a la luz de aquella gran entrega de cruz. Quiero ser testigo del Amor.

jueves, 29 de agosto de 2013

Crónicas de un viaje inolvidable (9º día)

Bitácora personal de la Jornada Mundial de la Juventud - Río de Janeiro 2013

   Teniendo en cuenta que pude participar de una experiencia que muchos no tienen la oportunidad de vivir y sumando mi humilde afición a escribir, decidí plasmar lo más significativo con dos objetivos.
   En primer lugar, más allá de que queda todo guardado en el recuerdo, con el tiempo algunas cosas se pueden desdibujar en la inmensidad de la memoria, por lo que con un texto como este, solo debo tomarme unos minutos para tener la posibilidad de volver en cuerpo y alma a esos maravillosos días, recordando cada detalle.
   En segundo lugar, pensaba en todos mis amigos que miraron las pantallas de la televisión o leyeron el diario para tratar de estar un poco más cerca, a la distancia. Publicando el siguiente diario personal de viaje, puedo compartirlo con cada uno y, así, ellos también pueden participar de mi alegría.
   Son notas muy subjetivas, ya que no tengo la intención de presentar una evaluación del evento ni un tour turístico. Sepan disculpar si me voy por las ramas en algunos momentos; resulta que, para mí, los detalles son importantes y permiten pintar una imagen más cercana y personal de lo ocurrido.
   Sin extenderme más, agradezco que te tomes un tiempo para leer las locuras de alguien que no se encuentra solo en su locura.


Lunes 29 de julio de 2013

    Despedirse de Copacabana...

    Era el último día para disfrutar al máximo, así que nos levantamos 7.30 para ir temprano a la playa. El día fue una bendición: no hacía demasiado calor, el agua estaba hermosa, algunas nubes resguardaban del castigo del sol, no había tanta gente y casi no había viento. Nos relajamos y aprovechamos. Algunas parejas de peregrinos nos pidieron permiso para dejar sus pertenencias por un rato. Una de ellas era de Polonia.

Calvito haciendo un pozo
Calvito haciendo un pozo

Con amigos polacos
Con amigos polacos


    Cerca de las 10.30 nos hicieron una breve nota para televisión argentina. Cerca del mediodía, Chelo compró unos camarones y me animé a probarlos por primera vez, lo que es mucho decir, ya que no como nada pescado. Reconozco que me gustaron. También tomamos caipirinha.

Chelo preparando caipirinha
Chelo preparando caipirinha

Tomando caipirinha recién preparada
Tomando caipirinha recién preparada


    Poco después se nubló (tampoco tanto) y refrescó. Compramos lasagna en la pizzería y almorzamos en el departamento. A las 15 fuimos de nuevo a la playa, sólo que esta vez en sentido opuesto a Ipanema, pasando por el escenario de la JMJ. Estaba algo fresco, es decir, como para estar en remera o camisa y no sólo en malla. Además, tenía la piel muy colorada por haberme quemado a la mañana. Tomamos mate y nos sacamos bastantes fotos. Volvimos caminando por la orilla pasadas las 17.00 y contemplamos todo sin poder creer que ya casi era tiempo de irnos.

Se puede ver que yo estaba un poquitito rojo
Se puede ver que yo estaba un poquitito rojo

Huellas en la arena. Siempre caminando
Huellas en la arena. Siempre caminando


A lo lejos, Cristo Redentor al atardecer
A lo lejos, Cristo Redentor al atardecer


    Habíamos quedado en encontrarnos con los seminaristas a las 20.30 en la estación de metro de Cardenal Arcoverde (en Copacabana) para ir a cenar, así que las chicas fueron al departamento a bañarse mientras uno de los chicos y yo fuimos a buscar remeras por la costa. Caminamos mucho, pero finalmente conseguí lo que buscaba. Volvimos al departamento para bañarnos y las chicas fueron a hacer más compras. A las 20.30 no habían vuelto, por lo que salimos hacia la estación de metro. Allí nos encontramos todos para esperar a los seminaristas, que no tardaron en llegar.

    La noche estaba bella. Caminamos un poco y cenamos en un pequeño restaurante. Algunos pidieron bife carioca (churrasco, arroz, fejoada, papas fritas y huevo frito) y otros comimos un plato similar, sin huevo frito y con un filé de cerdo en lugar del churrasco. Tras eso, quisimos brindar todos juntos con caipirinha (y un coco) en un chiringo de las playas de Copacabana. Fue un hermoso cierre del viaje.

De izquierda a derecha: Giu, Caro, Chelo, Vi (yo), Maxi, Franchi, Gusti, Calvo
De izquierda a derecha: Giu, Caro, Chelo, Vi (yo), Maxi, Franchi, Gusti, Calvo


    Compartiendo anécdotas de la semana, reímos y, de algún modo, evaluamos la Jornada. Todos coincidimos en que el pueblo brasilero es muy cálido y expresa una inmensa alegría. Por otro lado, en general, todos estaban muy disconformes con la organización.

    Por mencionar los principales puntos negativos, el sistema de información de los voluntarios no anduvo del todo bien; hubo problemas con muchas acreditaciones; los vallados se cerraban por completo muy temprano y, antes de eso, los pasos de un lado a otro resultaban muy difíciles (si no imposibles), generando mucha tensión; la peregrinación por la ciudad que suplantó la caminata a Campus Fidei podría haber sido guiada con oración y/o animación; los kits de comida para la Vigilia podrían y deberían haberse entregado en más de dos puntos de encuentro; muchas tarjetas de transporte fallaron los días 26 y 27; podrían haberse colocado más tachos de residuos en la playa para la noche de la Vigilia; las tarjetas de comida estaban pensadas para destinar R$15 (quince reales) por comida, pero muchos de los menú del peregrino no incluían bebida y el agua corriente de Río no es potable, por lo que deberían haber tenido un mayor saldo.

    Para hacer justicia con los puntos positivos, la ciudad en general recibió muy bien a los peregrinos; se declararon feriados los días de mayor congestión de los medios de transporte debido a la Jornada; las pantallas en la playa estaban bien ubicadas y el sonido era excelente; hubo buena seguridad (aunque casi no se pidieron credenciales de la Jornada) y se cuidó mucho a los peregrinos; los centros de catequesis fueron numerosos y accesibles a todos; las catequesis contaron con muy buenos oradores; los kits de desayuno fueron muy completos; muchos locales recibieron la tarjeta del peregrino y la mayoría tenía un cartel que lo indicaba; hubo una buena oferta de actividades culturales y shows musicales; y muchas cosas más.

    Así es que comparto que muchas cosas podrían haberse hecho mejor pero, ¿acaso no siempre es así? Aunque quiera ponerme en el lugar de los responsables y del comité de organización, me resulta imposible imaginar de qué manera se puede evitar que se vaya de las manos un encuentro de nada más y nada menos que ¡3.000.000 de personas!

    Ya no se veían tantos participantes de la Jornada y, con la ciudad volviendo de a poco a la normalidad, a las 0.00 uno no se sentía tan seguro en la calle. Saludamos afectuosamente a los seminaristas (que se tomaron un taxi), ya que no los veríamos hasta octubre, y luego volvimos a casa a descansar.

    Antes de acostarnos, empezamos a armar las valijas. Parecía mentira... Estuvimos sólo nueve días, pero todo se sentía tan natural que por momentos olvidábamos que estábamos muy lejos de nuestras familias. Río parecía nuestro hogar. Mejor dicho, la Jornada Mundial de la Juventud ES el hogar de todos los jóvenes del mundo.


    ''Que bien se está aquí'', decía Pedro en la montaña... El sucesor de Pedro recordó esas palabras, agregando el mensaje de Jesús: ''Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos''.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Crónicas de un viaje inolvidable (8º día)

Bitácora personal de la Jornada Mundial de la Juventud - Río de Janeiro 2013

   Teniendo en cuenta que pude participar de una experiencia que muchos no tienen la oportunidad de vivir y sumando mi humilde afición a escribir, decidí plasmar lo más significativo con dos objetivos.
   En primer lugar, más allá de que queda todo guardado en el recuerdo, con el tiempo algunas cosas se pueden desdibujar en la inmensidad de la memoria, por lo que con un texto como este, solo debo tomarme unos minutos para tener la posibilidad de volver en cuerpo y alma a esos maravillosos días, recordando cada detalle.
   En segundo lugar, pensaba en todos mis amigos que miraron las pantallas de la televisión o leyeron el diario para tratar de estar un poco más cerca, a la distancia. Publicando el siguiente diario personal de viaje, puedo compartirlo con cada uno y, así, ellos también pueden participar de mi alegría.
   Son notas muy subjetivas, ya que no tengo la intención de presentar una evaluación del evento ni un tour turístico. Sepan disculpar si me voy por las ramas en algunos momentos; resulta que, para mí, los detalles son importantes y permiten pintar una imagen más cercana y personal de lo ocurrido.
   Sin extenderme más, agradezco que te tomes un tiempo para leer las locuras de alguien que no se encuentra solo en su locura.


Domingo 28 de julio de 2013
   Último día de la Jornada Mundial de la Juventud...

    Nos levantamos pasadas las 7.00 para ir alrededor de las 8.00 a la playa. Ya estaba todo vallado, así que esperamos un buen rato. A medida que se acercaba la hora del paso de Francisco hacia el escenario, como las otras veces, la gente se inquietaba y comprimía. Aproveché el tiempo para continuar con el diario de viaje y me causó algo de gracia que algunas peregrinas de Brasil arldedor nuestro miraban mi cuaderno con curiosidad.

    El Papa pasó a eso de las 9.30 y, una vez más, pudimos verlo de cerca. Fue la última vez. Se abrieron las vallas y nos acercamos a la playa. Antes de arrancar la misa, todos los participantes de la JMJ hicimos, supuestamente, el flashmob más grande del mundo. Aunque no conocía el paso, hice lo posible por seguirlo. Fue bastante divertido.

    La misa de envío fue simplemente genial. Pude seguirla sin problemas con ayuda de la guía litúrgica del peregrino, terminó de confirmarse el rumor de que la próxima Jornada será en Polonia, recibí la Eucaristía con una enorme sonrisa y, como no podía ser de otra forma, la homilía de Francisco fue excelente. A continuación, detallo lo que llegué a apuntar:

''Hay tres palabras clave que Jesús nos dice hoy:
Vayan
Sin miedo
Para servir
Estos días tuvimos la experiencia de encontrarnos con Jesús y entre nosotros, pero no podemos quedárnoslo. Sería como apagar una llama que arde.''

''Pero cuidado. No nos pregunta si queremos o si tenemos tiempo. Dice 'vayan'. El mandato no sale del dominio, del poder, sino que nace de la fuerza del Amor.''

''No nos trata como esclavos, sino como hombres libres, como hermanos. Nos envía, sí, pero nos acompaña.''

''La Iglesia necesita de ustedes, de su entusiasmo, de su creatividad para anunciar el Evangelio.''

''El miedo que podemos sentir es el mismo de Jeremías, por ser joven. No tengan miedo. Jesús no nos deja solos. ¡Nunca deja solo a nadie! No dijo 'andá', dijo 'vayan'. Nos envía juntos. No ha llamado a los apóstoles para que vivan aislados. Los llamó a que vayan unidos, a que formen una comunidad.''

   Se dirigió particularmente a los sacerdotes para decirles que seguramente esta experiencia los rejuveneció, pero la euforia de un encuentro así es una etapa. Pidió que, por favor, sigan acompañando a los jóvenes una vez superada esa euforia.

''La vida de Jesús es una vida para los demás, es una vida de servicio.''

''Evangelizar significa testimoniar. Hacerse esclavo es ofrecer la vida, hacerse servidor. No hay mayor alegría...''

''No tengan miedo de ser generosos con Cristo.''

''No están solos. La Iglesia está con ustedes; el Papa está con ustedes; Jesucristo está con ustedes.''

El saludo de la paz
El saludo de la paz


    Finalizada la misa, Martín Valverde, Soledad Pastorutti y Axel Fernando cantaron juntos la canción ''Nadie te ama como yo''. Cerrada la Jornada Mundial de la Juventud, pasadas las 12.00, quisimos comer pizza, pero la pizzería a la que habíamos ido un par de veces estaba cerrada y había que esperar una hora hasta que abriera. Siendo el último día, teníamos que agotar las tarjetas de comida. Calvo y Ale se lo tomaron muy en serio, llegando al departamento con helado y una pequeña cerveza para cada uno. Ahora, sacando cuentas, no nos iba a alcanzar para las pizzas y la cena. Para ahorrar, comimos sandwiches, de nuevo... ¡pero esta vez con postre!

    A las 16.00 salimos a pasear. La idea era ver el atardecer desde las playas de Ipanema. Empezamos caminando por la arena. Me dolió muchísimo ver la playa en las condiciones en que estaba tras la Vigilia, repleta de basura desordenada por todos lados. Recolectores o basureros empezaban a trabajar. Entre el punto 3 y el punto 4 fuimos a la vereda, para ver los puestos de artesanos y ropa de la costa. Sin esperarlo y estando ya resignados por no haberlo visto antes, nos cruzamos finalmente con Maxi, un muy buen amigo, seminarista de la parroquia y, así, con otros buenos amigos seminaristas más, incluyendo a Cristian (el otro seminarista de la parroquia) y a Gusti (el hermano de Chelo). Después de charlar un rato, quedamos en juntarnos para cenar al día siguiente y seguimos camino.




    Al ir buscando algunos regalos, íbamos a un paso tranquilo. Terminó por hacerse algo tarde, ya que cuando llegamos a las playas de Ipanema, para las 18.00, el sol ya se había escondido detrás de los morros. Eso no evitó que pasáramos un muy buen rato, tomando mates con unas vistas impresionantes. Tipo 20.00 pegamos la vuelta, nuevamente por la playa, maravillados por la costa de Copacabana y ya empezando a extrañarla.


    Aún había hombres y mujeres limpiando las playas. En el camino, compramos algunos obsequios. Por mi parte, conseguí todo lo que quería comprar, salvo una remera para mí. También pudimos conversar con una simpática pareja de unos 60 años que hablaba español muy bien y, como anécdota, nos contaron que habíamos vivido la semana más fría en Río de Janeiro desde hacía 15 años. Me acordé del arzobispo de Panamá: ''Los caminos de Dios no son los nuestros. Así, el viaje vale la pena''.

    Llegando a casa, como teníamos salsa, pensamos en comprar fideos y queso, para poder comer barato y rico. Con lo que nos quedaba, compramos más agua, galletitas, leche y mermelada para el día y medio que nos restaba antes de emprender el regreso a Mar del Plata.

    Mientras cenábamos, revivimos lo compartido en la semana y reímos mucho. ''Todo esto se va a extrañar'', pensábamos. Lo cierto es que no quería volver a la realidad (porque todo parecía un sueño) y, al mismo tiempo, de a poco iba añorando mi vida que, ya en ese momento comprendía, no es menos hermosa que Río de Janeiro. Disfruté de una larga ducha antes de acostarme, a las 23.30.

    En el camino de vuelta desde Ipanema, llegamos a ver en una televisión el despegue del avión del Papa Francisco. En uno de sus mensajes nos alentaba a salir al encuentro, a no encerrarnos. ''No saben lo que es estar enjaulado''. Me parece a mí que el hombre libre escogió su nombre como ofrenda y oración a la vez. A mi un solo nombre no me alcanzaría para no encerrarme ni mucho menos para cubrir todas mis carencias... Cerré los ojos, como tantas veces, pidiendo fuerza, paciencia y humildad, para hacer todo lo demás.