miércoles, 7 de enero de 2015

Carta al futuro


7 de enero de 2015

    Quiero contarte algo. Puede que lo sepas y puede que no. Algo me dice que lo sabés, aunque quizá nunca te pusiste a pensarlo. Es muy probable que este mensaje también te resulte algo extraño. Es totalmente comprensible; a mí me pasaría lo mismo. Vengo pensando en escribirte hace unos días, o unas semanas, no estoy seguro. Lo que sí puedo decirte es que empiezo a las 17.50, cuando acabo de entrar a casa después de trabajar desde las 7.00 hasta las 16.30 (es decir, tuve casi una hora y media hasta llegar) y en el camino pensaba en vos. Me es inevitable preguntarme qué estarás pensando. Espero que alguna vez te animes a contarme.
    ¿Sabés? Acabo de darme cuenta de que son semanas. Recuerdo claramente que el 25 de diciembre, yendo a trabajar en el colectivo, me conmovió una escena que voy a intentar describirte. El colectivo estaba bastante lleno, pero logré ubicarme más o menos a la mitad, del lado de las filas de asientos simples, justo enfrente de un padre joven (tendría entre 25 y 30 años) con quien imagino era su hijo (de 2 o 3 años) en brazos. Si acaso era el hermano, no resultaría menos conmovedor, por lo menos a mi parecer. El nene estaba durmiendo y el joven se veía muy cansado. Pude observar cómo lentamente se le cerraban los párpados, mientras movía incesantemente la pierna bastante rápido en un intento de mantenerse despierto. Sostenía al nene sobre su pierna y brazo derechos, tomándose con fuerza la muñeca derecha con la mano izquierda, cruzando el brazo sobre el nene. Se ve que el cansancio era mucho, porque de un segundo a otro, la pierna se quedó quieta y empezó a cabecear. También pude apreciar la forma en que, de a poco, sus brazos se aflojaban. Lo que me fascinó y conmovió fue que cada vez que sentía que el nene se movía un poco al soltársele las manos, se despertaba de golpe, aferraba a su hijo con más fuerza y comenzaba nuevamente a mover la pierna. La secuencia se repitió unos minutos, hasta que se paró para bajarse del colectivo, con el pequeño aún durmiendo. (Voy a permitirme contarte que cuando se levantó, una de las sandalias del nene se cayó y yo me apuré para agarrárla y alcanzársela antes de que se bajara).
    Por ahí parece no tener sentido ahora, pero para mí cobró muchísimo sentido, porque apenas unos días antes había empezado a pensar en escribirte. Es importante que entiendas esto: me decidí a plasmar esto recién ahora, pero te vengo pensando hace mucho.
    Este es mi mensaje. A dos semanas de cumplir 24 años, siento la necesidad de confesarte que siempre pensé en vos. No sé si cuando tenía tu edad, pero sí desde hace varios años, con toda certeza. Pienso en vos desde antes de que me mandes a la mierda por no saber cuidarte, o porque querés salir y a veces prefiero que no. Pienso en vos desde antes de que me dieras el primer abrazo. Pienso en vos desde antes de decidir qué rumbo seguir con mi vida. Pienso en vos desde antes de que te des cuenta que no soy perfecto y me equivoco muchísimo. Pienso en vos desde antes de conocer a tu mamá. Pienso en vos desde antes de planear dónde vamos a vivir, qué nombre le vas a dar a tu mascota o cuál va a ser el primer libro que te lea. Pienso en vos desde antes que empieces la secundaria, o termines el jardín, o que dejes de usar pañales. Pienso en vos desde antes de tener que pedirte perdón. Pienso en vos desde antes de que nazcas. De hecho, pienso en vos sin saber cuándo vas a llegar. Pienso en vos sin siquiera saber tu nombre, color de pelo o de ojos, o si cuando te reís te achinás como yo. Te pienso hoy, a lo lejos en el tiempo.
    En fin, pienso mucho en vos, desde hace mucho tiempo. Cada vez que te pienso, mi corazón salta de alegría y se emociona. Cada vez que te pienso, te amo. Simplemente quiero que sepas esto, ya sea que leas esta carta en 20 o 30 años. Hago lo mejor que puedo y doy todo de mí para que puedas ser feliz, pero vos me hacés inmensamente feliz sin hacer nada, tan solo siendo.
    Te amo desde siempre y siempre te voy a amar.

Papá Pantufla

lunes, 17 de noviembre de 2014

Trascendencia

    Ya de chico siempre fui bastante analítico. Desde que tengo memoria me gustó observar todo lo que pueda: cantos de pájaros; cómo sopla el viento; la forma en que los rayos del sol se aprecian más fácil por las partículas que flotan en el aire; los colores de algunas flores; el correr de perros, gatos; y por supuesto, todo sobre las personas. Esto último incluye, entre tantas otras cosas, formas de saludar, gestos, tonos de voz, lenguaje corporal, risas, vestimenta, música a escuchar, modo de abrazar y, especialmente, la mirada.
    Entre tanto, hacía proyecciones de mi propia vida e intentaba comprender cuestiones que quizás eran demasiado complejas para mi mente inmadura. Aún así, lo intentaba, y disfrutaba pensar qué lugar ocupaba yo en el mundo, o qué sería de mí el día que muriera, y más adelante. No es difícil imaginar que la trascendencia es un asunto de inmensa importancia para mí. En algún momento, en el que, por diferentes motivos que no estoy calificado para identificar correctamente, no tenía facilidad para tratar con las personas, pensaba que quizá sería fascinante lograr marcar la historia al modo de grandes científicos, es decir, dejar un legado que marcara de alguna forma el rumbo de la historia de la humanidad, al menos intelectual o tecnológicamente. Al ir creciendo, sin embargo, empecé a darme cuenta de que, por un lado, no estoy seguro de tener la capacidad para alcanzar una meta de tal calibre, mientras que, por otro lado, empezó a llamarme más la atención el concepto de trascendencia en relación a los vínculos, en relación a las personas por cuyas vidas puedo llegar a pasar o, mejor dicho, a las personas que pasan por mi vida.
    Siempre me gustó leer. A pesar de eso, no me considero un gran lector, y recién estos últimos años estoy explotando más este bellísimo recurso que es la literatura. Debo reconocer que también siempre me atrajo la idea de poder escribir un libro y hasta obtener reconocimiento (si se quiere, y en cierta medida) por ello. Para alguien que intenta ser humilde, contra su propia naturaleza, es una gran contradiccón y motivo de conflictos internos. A pesar de ello, sigue llamándome la atención y debo reconocer que tengo el profundo deseo de que mi vida signifique algo para más de una persona.
    En torno a este tema más de una vez me he detenido a pensar acerca de las vidas de personas por las cuales siento cierta devoción. Me refiero a personas que dejaron muchísimas comodidades de lado y sacrificaron años esforzándose al máximo para alcanzar un objetivo o simplemente una manera de vivir que despierta verdadera admiración. No puedo menos que preguntarme si ellos se hicieron alguna vez planteos como los míos, sin saber que marcarían la vida de millones de personas o, cuanto menos, la mía.
    Hay una especie de dicho popular que plantea que toda persona debería plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Imagino que quien lo formuló por primera vez compartía mi anhelo de trascendencia, mi búsqueda de legado personal. No hablo de destino porque, si bien creo que toda persona está condicionada por muchísimos factores que forman parte de su realidad y que ello le otorga facultades o limitaciones para ser conducida a tomar ciertas decisiones, creo firmemente que lo que condiciona, no determina y, por tanto, toda persona es plenamente libre de, en última instancia, decidir y tender hacia el bien. A lo mejor me estoy yendo por las ramas, pero es una idea que rige mi forma de vivir. Ahora bien, volviendo a la idea que encabeza este párrafo, quiero dejar en claro que ya he plantado árboles y que planeo tener por lo menos un hijo algún día. Probablemente el mayor desafío que pueda tener sea criarlo o criarlos (no hace falta aclarar que no hablo de los árboles), pero un gran desafío personal sigue siendo el de escribir un buen libro.
    De más está decir que hablar de un “buen” libro es algo de lo más subjetivo y relativo que puedo plantear, aunque creo que la idea se entiende. Una vez más, no me refiero a escribir un best seller o un texto que algún día se lea en alguna escuela. Lo que busco es escribir algo que tenga significado, que encierre una especie de misterio o mensaje que pueda alcanzar algún corazón y, si bien no estoy convencido de que un factor o experiencia por sí solo pueda cambiar radicalmente la vida de una persona, no tengo dudas acerca de que tan solo una palabra puede cambiar (aunque sea) la mirada sobre el mundo y, así, poder vivir una felicidad más plena.
    El problema es que, si bien escribir no es tan difícil como parece, escribir una buena historia no es tan fácil tampoco. Me gustaría tener la capacidad de crear un universo o personajes pero, si la tengo, aún no la he descubierto. Y realmente tengo ganas de escribir. Entonces me di cuenta (o, mejor dicho, me acordé, porque es una idea vieja) de algo: absolutamente todos, aunque pocos lo publiquen,escribimos un buen libro: nuestra propia vida.
    Debo reconocer que mi vida me parece fascinante y que, aunque esto no parezca modesto o humilde, no es contradictorio, porque lo que hace interesante a mi vida son las personas que forman parte de ella. Así es que este libro trata fundamentalmente acerca de trascendencia. Solo que no es acerca de mi legado en la humanidad, sino de todos aquellos que considero representan un gran acontecimiento, en mi existencia y, así, trascienden, son fundamentales en mi felicidad.
    Creo que no hay nada más trascendental que el amor. A todos ustedes, gracias por enseñarme a amar.

martes, 14 de octubre de 2014

Día de primavera

   Ayer fue un muy lindo día. No sólo por el clima, sino por lo que viví. Si bien hay muchas cosas para rescatar, voy a detallar una situación que me llamó particularmente la atención y me llenó de alegría.
   Después de almorzar juntos, fuimos con mi no-novia (no es que sea algo pasajero ni que haya otra chica que sea mi novia; es un término que usamos para describir lo que, siendo una relación de noviazgo, todavía no tiene ese nombre) y con su mini pequinés a tomar un helado a la plaza.  Después de terminar el helado nos quedamos un rato sentados, abrazados, charlando, viendo a la gente que estaba o pasaba por la plaza, al solcito. Simplemente me surgió pensar y decir desde el fondo de mi ser: “Qué bien se está así, che”.
   Unos minutos después vi una pareja de abuelos y estuve a punto de hacer un comentario, pero ella justo estaba hablando y no quise interrumpirla. Cuando terminó, hizo casi la misma observación que yo iba a hacer, acerca de la ternura que genera ver una pareja de abuelos caminando de la mano, que se entienden y se cuidan, que se ponen de acuerdo para hacer las compras y cuando vuelven llevan la bolsa grande agarrando cada uno una manija. Fue divertido que justo pensáramos lo mismo casi al mismo tiempo.
   Lo más divertido fue que dos minutos después llegó una pareja de abuelos pidiendo disculpas y preguntando si podíamos hacerles un lugar en el banco para sentarse a tomar mates al sol. ¡Fue mucha causalidad! Porque las cosas no pasan porque sí. Así que seguimos un ratito más así, como veníamos, pero ahora charlando con Chicha y Nelio, que son de Rosario, suelen venir de vacaciones a Mar del Plata, toman mate amargo, están casados desde hace 56 años y se conocen hace 64.
Yo tenía un compromiso, así que no pudimos estar mucho más tiempo así, pero cuando nos fuimos los saludamos con un beso a cada uno.
   Yo después me preguntaba qué fue lo que los movió, además de buscar un banco al sol, a acercarse a nosotros, entre otros bancos a los que podrían haber ido. Aunque no llegué a ninguna conclusión, algo es seguro: la vida está llena de sorpresas. Quiero contagiar alegría.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Trance

Cuando dos se quieren, el universo se confabula. Se con-fabula para que estén juntos y sonreír al verlos. ¿Cuál es la moraleja?
Se refugian, porque es cuestión de tiempo. Pero el tiempo ya no existe. Vaya y pase. Pase y vaya. Pasa y valle. Pasa, fruto del tiempo, llena de dulzura. Valle, resguardado del mundo, un mundo en sí. El tiempo ya no existe, pero el tiempo pasa. Y ellos en su valle, donde no los alcanza.
Pasá y picá. Y el olor a cebolla en las manos. Y el almuerzo de mañana, porque sobra. Tiempo sobra, porque no los alcanza. Duermen, o dormitan. Y en un abrazo el tiempo para. Cuando se deciden a dormir... Ya no duermen. No pueden o no quieren. Pero juegan a estar dormidos, porque les gusta escucharse y hacerse los dormidos, a ver (sinestesia) qué dice el otro. Preguntar cuando uno está en trance es peligroso, entonces juegan a estar en trance. Aunque no preguntan. Porque saben que el otro escucha y simula dormitar. Se confiesan que el universo se confabula. Sonríen. Se abrazan. ¿Cuál es la moraleja?
El tiempo sobra. O no sobra, pero está de más. Ya no existe. Sólo existen ellos dos. Y la lluvia. Y el viento, que no es viento, sino un suspiro. ¿Qué pasa? Nada... Es lindo estar así. Hace unos meses no sabía, no pensaba que... Otro suspiro. Se está bien así. Sonrisa. Puente. Caricia. Duermen. Ya no hay tiempo. Hasta que despiertan y se reconocen. Se re-conocen. En realidad nunca se conocieron, porque ya se conocían, se sabían, se esperaban. Entonces se recordaron.

lunes, 22 de septiembre de 2014

No lo planeé

Creo que más de una vez ya he mencionado que siempre tuve la capacidad de proyectar a futuro y así fui planificando en cierta medida mi participación en diferentes actividades por muchos años, quedando satisfecho. También creo haber dicho alguna vez que seguir corazonadas tiene su encanto, que se puede crecer y aprender mucho con las cosas que nos sorprenden, para bien o para mal. Hace varios meses que esta idea viene tomando más forma.

El lunes, volviendo en colectivo después de compartir una tarde, una noche, una mañana y un almuerzo con varios amigos, nos ubicamos en el fondo, porque era donde más lugar había, ya que estaba bastante lleno. En un momento, un pasajero se levantó de su asiento para bajar, por lo que nos fuimos corriendo como podíamos para darle paso. En eso, uno de mis amigos se apoyó sin querer en el espejo que está sobre la escalera de descenso y lo rompió en unos ocho pedazos. Nos pusimos medio nerviosos y no sabíamos que hacer, especialmente el agresor de espejos, que midiendo más de un metro ochenta quería esconderse. Sí, fue gracioso. Al menos hasta que se cayó uno de los pedazos de espejo, cerca de un nene que dormía. Entonces, una vez que no había tanta gente en el pasillo, removimos todos los fragmentos del marco, los pusimos en una bolsa y nos acercamos al chofer del colectivo para pedirle disculpas y preguntarle si le descontaban la reposición.

Ese mismo día a la noche, cerca del centro, yo caminaba solo, yendo a cenar a media cuadra de lo de mi hermana, cuando un flaco se me acercó para pedirme un papelillo. Me sorprendió porque, si bien es común que la gente pida fuego o un cigarrillo por la calle, nunca me habían pedido un papelillo.

Unas cuadras después, pensando en las dos secuencias y en el libro que estoy leyendo, me pregunté: ¿por qué no hacer literatura de un espejo roto en un colectivo o de que me pidan un papelillo por la calle? Lo sé, corro el riesgo de que los que saben me condenen por decir esto, pero creo que cualquiera puede hacer literatura de su vida, que está llena de cosas que no planeamos o esperamos, así como esos desenlaces, capítulos o diálogos inesperados que disfrutamos tanto al leer un libro.

Por ejemplo: hoy. Teniendo turno con el psicólogo (80 cuadras) a las 10 de la mañana, se me hizo tarde para ir en colectivo, por lo que agarré la bici a pesar de que había una niebla relativamente densa en toda la ciudad, de esa que va acompañada por una humedad que hace que las calles estén mojadas sin que haya llovido. Al salir de allí, el cielo empezaba a despejar y pasé a visitar a unas amigas por un café (37 cuadras). Luego, a comprar parafina, velas y pabilos (15 cuadras). Después, pasé por una librería (16 cuadras) a comprar un libro para un amigo y dos para mí. Entonces, tenía que almorzar antes de tener una reunión en la casa de un amigo, por lo que me senté en un café (30 cuadras), frente a una plaza, a comer un tostado de jamón y queso con un exprimido de naranja mientras leía, en un día que, con el cielo casi totalmente despejado, me sale describir simplemente como espectacular. Mientras estaba en eso, me escribió al celular un amigo-al-que-le-llamo-hermano sacerdote para describirme cómo su equipo había ganado un partido de truco en una mano ciega cuando iban perdiendo 29-28, jugando con chicos del colegio en el que es capellán. Cerca de las 14 fui a lo de mi amigo (14 cuadras) y terminada la reunión, finalmente volví a casa (83 cuadras).

Justamente ayer recordaba cuánto me gusta andar en bici. Hoy, de haber salido de casa con tiempo a la mañana, me hubiese movido en colectivo. Sin embargo, por algo que no planeé (que se me hiciera tarde), tuve la oportunidad de ahorrar dinero, tiempo y, de paso, disfrutar de aproximadamente 31 km (porque en un rato voy a cenar a lo de unos amigos) de andar en bici en un día de invierno bellísimo.

Quizá describiendo todo simplemente como una secuencia de acciones, sin detenerme en la riqueza de las conversaciones, no parezca muy atractivo, pero creo que este día bien podría ser un cuento. Es fascinante porque me siento muy vivo y me sé feliz. Y es que uno no planea atrasarse con la carrera; uno no planea que le rompan el corazón; uno no planea perder el contacto con amigos; uno no planea que sus padres estén enfermos; uno no planea conocer gente nueva; uno no planea que alguien lo elija como padrino de confirmación; uno no planea que le confíen grandes tareas; uno no planea reencontrarse con viejos amigos; uno no planea enamorarse; uno no planea que un amigo rompa un espejo en un colectivo; uno no planea que le pidan un papelillo; uno no planea que se rompa la cubierta de la bici para tener que comprar otra; uno no planea que se le haga tarde; uno no planea que un día que empieza feo termine siendo hermoso; uno no planea que al llegar a casa haya facturas. Sin embargo, cada una de estas cosas (y tantas otras más) encierran un misterio.

A todo esto... ¿Cómo puede mi vida ser literatura? Pues así como disfruto tanto leer un buen libro, disfruto muchísimo leer mi vida. Es sumamente divertido pensar ciertas situaciones como si fueran cuentos o novelas. La trama principal conecta todo. Por si fuera poco, está llena de signos y mensajes, como por ejemplo una deliciosa victoria de un partido de truco, que demuestra que las pequeñas cosas se pueden respirar, saborear, admirar... Y sonreír. Porque como ser tío no depende de uno, yo no planeé que una de esas pequeñas cosas, que nació pesando 4 kg y midiendo 51 cm, llegue a mi vida y ya empiece a llenarla de luz.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Conversación de una mañana de invierno

-¿Sabés? Cuando venía caminando me atacó algo extraño, como una especie de miedo a meter la pata y perderte, ponele, o mejor dicho a que nos distanciemos en algún momento, que nos veamos sin poder encontrarnos, algo así. Es fascinante, che... Significa que me importás todavía más. Cada vez más...

-Paa... ¿Todo porque me callé un par de horas? ¡Jaja!

-Por ahí es una boludez, o sea, seguro, es algo que tengo que trabajar yo, pero para mí no hablar es algo muy fuerte. Las únicas veces que dejé de hablarle a alguien fue a mi viejo, las veces que me pegó... Yo veo al no hablar como un principio de ignorar, no querer reconocer la existencia de la otra persona, y es muy fuerte eso. Como que para llegar a eso tiene que haber un dolor o un enojo muy profundos, probablemente una mezcla de los dos, aunque sea inconciente. Pero es otra de mis tantas locuras. Yo te cuento para que sepas nomás.

-También sabés el significado malo que tiene (tenía en casa) el silencio. Pero ayer fue puro buscaroñismo (sic), cero enojo. :)

-:)

-Y creo que esa sensación de no querer meter la gamba y que se caiga el castillo de naipes viene de la mano de querer al otro. En ese punto estamos casi iguales.

-”Hasta las manos”.

-Vos. :P

-Sí, yo. Vos, no sé... Contame.

-Averigualo...

-¿Les pregunto a tus amigas?

-¡Jajaja! ¡Como si fueran a soltar la lengua!

-¿Es un desafío? Puedo ser persuasivo. (¡Anexo de mierda! Está más lindo que el otro, pero el calefactor no anda, por lo menos en este aula, y me estoy cagando de frío).

-Te lo tiro para que te rías un rato. Me acabo de golpear la frente contra un estante. Eeeeexactamente en el mismo lugar donde está el anterior palo.

-Ajajajajajajajajajajajajajajajajajaja. Perdón, pero me tenté jajajaja. Te cuento para que te rías un rato. ¿Viste que ayer dije que es peligroso dejarme entrar en librerías? Bueno, me contuve de comprar más Borges, más Cortázar, “Las ventajas de ser invisible”, “Historias de Terramar”, la “Saga de los confines” y alguna otra cosa que ahora no recuerdo y sólo me compré “Todos los fuegos el fuego” en una librería, y “El alquimista” y “Los diez negritos” para mí, junto con “El alquimista” para mi hermana, en otra librería. (Me pregunto si decir que me compré “Los diez negritos” es racista). Cuestión que ahora, después de un apenas cortado y dos facturas en el autoservicio (malísimo) de la estación de servicio de enfrente, me quedan exactamente $21,60 en efectivo, y unos $200 en la cuenta de Credicoop, hasta pasado mañana que vence el plazo fijo de la cuenta de Provincia. Me siento como en un libro. Sobre todo porque apenas recién me acabo de acordar de los $20 que tengo de causalidad en la billetera de recuerdos para sumar los $21,60. (¿Me das permiso para usar esta conversación en una nota? Es perfecta. Espero recordar toda esta mañana cuando me despierte, si es un sueño).

-¡Bienvenido a los malabares del no fin de mes! Jajaja. Yo piso en falso una vez más y cagué. ¡Y ni estamos a mitad de mes! Jajajajaja.

-Jajaja, puedo sobrevivir con $21,60 hasta el jueves, ¿o no? En la cuenta de Provincia tengo plata igual. No llego a una cirujía láser, pero no estoy tan lejos. Lo único: tengo que esperar unos días a que venza el plazo fijo. Puedo prestarte lo que necesites. Incluyendo un beso y calma.

-(¿Qué parte de la conversación abarca el permiso requerido?)

-(Calculo que la parte del silencio y del golpe, que es lo que implica un cierto grado de tu intimidad. Para el resto no sé si necesito tu permiso).

-(Concedido). Acepto el beso. La calma no me hace falta. Tengo un depa a cargo, no me altera a ese punto. Pero voy a entrenar a mi pequinés en algo pa' actuar en la rambla.

-Jajaja, no sé si pagarán por ver a una inmigrante pachorra, sobre todo siendo china. Viste que dicen que son todos iguales los asiáticos. Mala mía, el término es “orientales”.

-Dame tiempo y te salta un aro en llamas (?).

-¿El aro, ella o el libro? (A todo esto, no me respondiste si puedo preguntarles a mi hermana y/o a mi curandera sobre tu relación con “la relación”).

-¿Qué relación? :P. Jajajaja.

-Tu nivel de “hastalamanez” con tu no novio.

-A lo solicitado no ha lugar.

-Acepto y no apelo. Me parece razonable. (No viene más la profesora che. En diez minutos me las tomo. Por lo menos nos pusimos de acuerdo con una compañera y levantamos todas las persianas en busca de una sensación de calidez para combatir el frío). Por otro lado, te dejo trabajar. Te noto atareada (?).

-Jajajaja. Voy por el segundo termo de mate con los chicos. “Ando buscando documentación”. Hasta después de las 11.00 que me llame el obtuso del Banco Provincia no puedo hacer nada.

-Obtuso... A la mierda, nos pusimos de acuerdo con mi compañera y, aunque vale mencionar que logramos la sensación de calidez, nos cansamos de esperar. Hoy me siento asquerosamente vivo, che, a pesar del frío.

-¿Por qué asquerosamente? El frío no lo cuestiono.

-No sé... Creo que a veces no está tan bueno pensar tanto. Quizá es mejor vivir y ya. Me fui. Hora de despertar. Beso.

lunes, 25 de agosto de 2014

Situaciones III

Clínicas

El 29 de mayo nació Emma, la primogénita de uno de mis mejores amigos. No me dieron los horarios para ir a conocerla el mismo día, y tampoco quería molestar. Cuando llamé a mi amigo para felicitarlo le pregunté dónde estaban y me respondió que era “la Clínica del Niño y la Madre, ¿viste por Colón?”.

Esa semana mamá estuvo internada. Los horarios de visitas me permitieron pasar a verla por la Clínica 25 de Mayo para luego ir a conocer a la pequeña. Me encontré con mi hermana y cuando terminó el horario de visita con mamá fuimos caminando para el lado de la Av. Colón.

Mientras charlábamos le comenté, o eso pensé, que iba a la clínica por Colón al 2700, pero quizá dije que iba a la Clínica Cólon (ubicada en Colón al 3700). En consecuencia, al llegar a la avenida, yo amagué a doblar hacia la izquierda, siendo que mi hermana iba para el mismo lado, pero ella me dijo: “Perá boludo, la Colón está media cuadra para este lado (la derecha)”. Me llamó la atención la altura, porque estaba seguro de que yo tenía que ir al 2700, pero confié en el buen criterio de mi hermana, en especial teniendo en cuenta que a veces soy algo despistado.

Nos saludamos, entre a la clínica, pregunté por la habitación y tomé el ascensor con una mujer que casualmente iba también al tercer piso. Ante la puerta del hall de habitaciones suele haber un hombre de seguridad que ayuda a orientar a los visitantes. Le indicó a la mujer que la acompañaría y cuando yo le consulté por la novia de mi amigo y su hija, que había nacido el día anterior y estaban en la habitación 310, el hombre me miró raro y me dijo: “A ver, esperame un segundo que acompaño a esta mujer y vemos, porque me parece que en la 310 hay un hombre internado”.

Me pareció extraño e intuí que algo raro había. Mientras esperaba un minuto, cuando giré la vista hacia la pared me di cuenta (recién en ese momento) que estaba en la Clínica Colón y yo quería ir a la Clínica del Niño y la Madre. Pensé en salir corriendo para no pasar verguenza, pero ya estaba jugado. Esperé a que volviera el hombre y le expliqué. “Claro -dijo- la otra es al 2700 y esta al 3700, las dos tienen plazas enfrente... Puede pasar”. No me consoló demasiado.

Cuando estaba por subir al ascensor volvió la mujer y me preguntó amablemente: “¿Vos también te equivocaste de piso?”
“Nono -respondí-. Yo me equivoqué de clínica”.

La verguenza valió la pena por la expresión de su cara.


Saludo

Un fin de semana en el que no pude quedarme a misa en mi comunidad el sábado, tuve intenciones de ir a la del domingo a las 10 hs, pero no me pude levantar a tiempo, así que terminé yendo a una de las capillas a las 11.30 hs.

Cuando llegué, me senté en el tercer banco desde el fondo y al minuto se sentó en el banco de adelante quien pensé era una amiga. Se vestía como mi amiga; tenía el pelo como mi amiga; la altura y el color de piel eran como los de mi amiga. Me acerqué y le di un beso. No era mi amiga...

No fue raro que la mujer girara y me mirara sorprendida. Imagino que los ojos se me abrieron a más no poder y me puse bastante rojo. Le pedí disculpas y le dije que la confundí, lo que tomó sin problemas y con algo de gracia. Por mi parte, caí en cuenta que soy mandado a hacer para pasar verguenza...


Des-can-so

Una cosa que me llama la atención es que, más allá de todas las preocupaciones, sueño, agotamiento, cosas por hacer, confusiones o yoquesés que pueda tener, siempre reacciono de la misma forma al ver perros acostados por la calle. En especial en días de frío o calor extremos, al ver a uno de estos bellos animales acostados en la calle, automáticamente trato de observar su respiración. Me invade un extraño e injustificado miedo a que no lo hagan, con lo que ello implicaría. Sin embargo, siempre que me detengo unos segundos termino viendo cómo respiran profundo para suspirar, o levantan la cabeza por algún ruido. Ese momento siempre sabe generarme una curiosa tranquilidad o paz, que no estoy seguro de entender del todo. En la mayoría de los casos es muy probable que no vuelva a verlos, entonces, ¿cómo tienen ese efecto en mí? Creo que la respuesta es simplemente que la vida siempre es bella en sí misma.